Ethics of the Artist

In 2015, while I was an undergrad student at Pompeu Fabra University in Barcelona, I published this text in the Catalan journal Núvol. Here’s the original Spanish version.

Ética del artista

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges, “Los justos”

Hace dos años, en una noche de principios de enero, me encontraba inmerso en una conversación en la que descubriría a un gran amigo, hasta entonces desconocido. Como en toda amistad incipiente y fascinadora, nos poníamos a prueba y nos inspirábamos a partes iguales, intentando dibujar el perfil del otro. En el fragor de la discusión, y deseando destacar por la contundencia de mis postulados, llegué a afirmar: “El arte será ético o no será”. Él replicó al instante, con redoblada seguridad, que yo estaba completamente equivocado: “El arte no será ético, o no será”. Me quedé sin palabras. Nuestra complicidad se forjó en el mismo segundo del choque dialéctico, pero también la incógnita. ¿Había una respuesta posible a aquella dicotomía? Desde aquél momento me ha perseguido la duda, frecuentemente corroborada por debates cotidianos en torno al conflicto entre la libertad de los artistas y los límites de la moral [1] de nuestro tiempo.

El objetivo de este artículo es encontrar una solución al dilema no desde la intuición, sino a través del razonamiento, recogiendo la tradición filosófica que se ha enfrentado al tema desde un grado de profundización enormemente superior al nuestro. Lo cierto es que sigo defendiendo mi afirmación como lo hice entonces, con un matiz importante: no es la obra la que ha de ser ética, sino los y las artistas. Trataré de argumentar por qué para hacer avanzar al arte es necesaria la ética, descartando el relativismo moral, y cómo la provocación revolucionaria no está reñida con ella. Estoy seguro de que mi amigo entenderá la demora de mi respuesta: al fin y al cabo, las conversaciones valiosas son siempre aquellas que podrían durar una vida entera.


El punto de partida para una reflexión ética, a estas alturas de la historia, no puede ser otro que el de la libertad. El eje de la libertad personal ha sido ampliamente analizado, y desde un punto de vista filosófico es difícil sostener su limitación desde un plano previo al de la actuación: la libertad es la creadora de los mismos valores que la pueden juzgar. Para Kant, por ejemplo, hay solo una cuestión, la de la libertad de la razón, ya que cuando deliberamos no debemos permitir que nada externo nos influya. De lo contrario, renunciamos a la razón [2]. El proceso de respuesta moral es, por lo tanto, un proceso de decisiones intrínsecamente libres [3], tanto si se llevan a la práctica como si no. En otras palabras: la decisión moral no puede tener fronteras teóricas, ya que el mero hecho de imaginar un límite es en sí mismo una forma de moral. En este sentido, el arte, como cualquier otra forma de conocimiento, ha de partir de la más absoluta e indiscutible libertad para actuar de forma ética, pero también no ética. Queda descartada en este razonamiento, por lo tanto, cualquier forma de coacción o censura anterior o posterior al proceso creativo, que al fin y al cabo es un bastión a defender de la libertad humana. Ahora bien, toda libertad ha de encontrar una forma de responsabilidad respecto a la acción, que más adelante definiremos en relación a la figura del artista.

Ante estas palabras, algún lector se estará preguntando si es verdaderamente posible llegar a un conjunto de valores considerados éticos, a un “consenso moral”. Ciertamente la teoría ética es cambiante a lo largo del tiempo, y no digamos de los sistemas culturales, lo cual podría parecer un fuerte argumento a favor del relativismo: si no hay acuerdo respecto a la moral, no podemos confiar en la posibilidad de una certeza. Se trata, sin embargo, de una falacia: también las creencias científicas varían de una época a otra, pero sería un error concluir de ello que no hay ninguna verdad en la materia [4]. De la misma forma que sabemos que la Tierra es esférica, con independencia de lo que creyeran nuestros antepasados, podemos afirmar que “si los griegos consideraban que la esclavitud era aceptable en el plano moral, eso no quiere decir que así ocurriera en su época, sino, sencillamente, que ignoraban la verdad” [5]. La moral avanza y asume verdades que se universalizan (los debates éticos respecto al asesinato o la mentira son hoy inexistentes), por lo que se legitima como forma válida de orientación. Dicho esto, el objeto de este artículo no es valorar qué sistema moral concreto debe aplicarse al arte o a la sociedad, sino justificar que, en cualquier caso, el artista debe actuar de acuerdo a un sistema de valores, y en consecuencia con ellos.

La polémica, tan necesaria en el debate sobre ética, ha acompañado al arte desde su concepción. Desde el desnudo femenino en la pintura de Courbet o los decadentes versos de Baudelaire hasta la representación de la violencia en las películas “La naranja mecánica” o la más reciente “A Serbian Film”: los dilemas respecto a la moral han formado parte intrínseca del desarrollo de los lenguajes artísticos. Ante esta situación, y en defensa de la ampliamente valorada libertad de expresión, los artistas –y, a menudo, la población en general– suelen otorgar al medio artístico y académico un estatus de libertad de actuación superior al de otros ámbitos [6], considerando que es especialmente importante para el desarrollo de la sociedad. Pero una vez concedido, como hemos hecho anteriormente, que la libertad no ha de ser limitada en ningún aspecto, sino únicamente determinada por la responsabilidad moral, la pregunta fundamental sigue vigente. La cuestión no es si el artista puede actuar sin tener en cuenta la ética: ha de poder. La pregunta es si debe hacerlo. Y la respuesta, a mi juicio, es rotundamente negativa.

La consideración del artista como una entidad situada más allá del conjunto de la sociedad y sus valores no puede ser aceptada desde un punto de vista lógico, ajeno a lo romántico: la relación entre arte y sociedad es una constante bidireccional [7], siendo cada elemento del binomio parte del otro. No es posible, en este sentido, una distinción racional entre los artistas y cualquier otro tipo de colectivo de profesionales, siempre regidos por la deontología: los artistas, como todos ellos y ante todo, son seres humanos. En palabras del crítico y pintor Luis Camnitzer: “Vivimos en el mito alienante de que somos primeramente artistas. No lo somos. Somos primordialmente seres éticos que distinguimos el bien del mal, lo justo de lo injusto, no sólo en el ámbito individual sino también en el colectivo” [8]. Parece lógico, en consecuencia, exigir al arte el mismo rigor moral que se exige a cualquier otro ámbito de la sociedad.

¿Quiere ello decir entonces que el arte, de acuerdo a la moral de su tiempo, no puede incurrir en la provocación? En absoluto. La ética, como se ha expresado anteriormente, es cambiante y precisamente es función del arte encontrar los límites de la moral y hacerla avanzar. Ahora bien, hay una diferencia muy clara entre la elección personal de asumir la ética del artista –la responsabilidad moral respecto a la propia obra y su impacto, incluso generando un desafío a los valores establecidos– y la opción de negar la supeditación del arte a cualquier tipo de justificación ética. De hecho, desde una postura amoral no es posible defender una obra artística más allá de la estética, ya que se impide la argumentación racional entre diversas prácticas morales [9]. Así, una profunda convicción ética se erige como la mejor forma de legitimar incluso una provocación a los valores de nuestro tiempo.

Es indudable que el desarrollo de la reflexión ética y de la sociedad en general necesita al arte como constante desafío y campo de experimentación. Pero lo que han de entender los artistas es que también es necesaria la ética para hacer avanzar al arte. La moral no es una entidad abstracta [10]: se traduce en un compromiso personal respecto a la propia obra, responsabilizándose de sus motivaciones y renunciando a ignorar sus consecuencias. Estas decisiones en conciencia son imprescindibles para que el arte analice su papel en la sociedad, pero también por sí mismas, para que se transforme y progrese constantemente. No se puede entender una obra sin compromiso: solo éstas, corroborando o contradiciendo el espíritu de su época, nos acercan al ideal de un arte innovador y de un mundo más justo.

Por todo ello, si el tiempo no fuera inexorable y me permitiera volver a aquella noche de enero, le contestaría a mi amigo que el arte ha de ser ético, puesto que solo así puede encontrar su propio sentido, a la vez que nos ayuda a encontrar el nuestro. Pero el tiempo, como la moral, avanza sin pausa... Han pasado ya dos inviernos, y seguro que él habrá encontrado también una respuesta.


[1] Entendemos por moral el conjunto de juicios que dirigen nuestro comportamiento, mientras que otorgamos a la ética el carácter de reflexión teórica sobre la moral. Es común la concepción de la moral en su sentido más vinculado a la tradición religiosa, o directamente connotada hacia lo correcto, pero aquí se utilizará el término únicamente en referencia al hecho del juicio individual o colectivo.

[2] RAWLS, John. Lecciones sobre la historia de la filosofía moral. Paidós: Barcelona, 2007. Pág. 354.

[3] TERRICABRAS, Josep Maria. Ètica i llibertat. Curial: Barcelona, 1983. Pág. 136.

[4] BLACKBURN, Pierre. La ética. Fundamentos y problemáticas contemporáneas. Fondo de Cultura Económica: México, D. F., 2006. Pág. 61.

[5] STACE, William. The Concept of Morals. Macmillan: Nueva York, 1939. Págs. 2-3. Citado en: BLACKBURN, Pierre. Op. cit.

[6] EZRA, Ovadia. Moral Dilemmas in Real Life. Current Issues in Applied Ethics. Springer: Dordrecht, 2006. Pág. 37. Es conocido en este sentido el caso del artista costarricense Guillermo Vargas, que en una exhibición en el año 2007 ató a un perro y lo maltrató ante la exposición pública.

[7] READ, Herbert. Arte y alienación. Ahimsa: Madrid, 2000. Pág. 11.

[8] CAMNITZER, Luis. De la Coca-Cola al arte boludo. Metales Pesados: Santiago de Chile, 2009. Pág. 54.

[9] TERRICABRAS, Josep Maria. Op. cit. Pág. 106.

[10] MACNIVEN, Don. Creative Morality. Routledge: Londres, 1993. Pág. 184.

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